palabra


No concibo la existencia autómata. Aquellos individuos nulos de autocuestionamiento, de mentes despejadas, que miran las calles monótonas, con indiferencia. Aquellos que pasean y se ríen con esas voces huecas. Los que entienden lo que prescriben algunas leyes, pero no las comprenden.
Riéndose con lo que se supone que es risible, enamorándose de quienes se supone que deben enamorarse, amando como se supone que deben amar.
Aquellos que salen los días que deben salir, bailar las canciones que se deben bailar, aquellos que besan cuando deben besar.
No se cuestionan nada.
Preocupándose de sus obligaciones y dejando que el mundo gire, porque es normal que gire. Con sus trajecitos grises, o lleno de colores para tratar de diferenciarse. Aferrandose a sus pares para no sentirse solos, creando grupos, tribus, clubs. Cambian, lleno de frivolidades. Manosean algunos libritos para llenarse la boca de frases que les quedan grandes. Grandes como las carteras llenas de maquillaje con la que tratan de tapar y colorear su propio vacío.
Lo mas entretenido, es que no sienten el vacío: se creen triunfadores, jóvenes, inmortales. Mientras bailan aquellas antimélodicas canciones a decibeles peligrosos, mientras sonríen a los otros, se tocan, juntan sus manos, corean. Simplemente no entienden que eso no basta. Jamás entenderán. La gente común no entiende.
Se contenta con su trabajo, que alcancen las monedas para comprar lo que se debe comprar, gastar en lo que se debe gastar, vivir como se debe vivir. Se enamoran de quienes se deben enamorar. Con sus florecitas y cartitas faltas de existencia y realidad.
A veces lloran por lo que deben llorar. Se enojan por los insultos preestablecidos, se matan por símbolos que deben adorar.
Nadie se cuestiona absolutamente nada.
Aquel que dice que las normas de la vida no están prescritas y que las seguimos como verdaderos autómatas, es porque es el mayor autómata de todos y no alcanza a deslumbrar siquiera lo que es “ser” y el “deber ser”. Todos, absolutamente todos abren la boca y gritan que ellos “son”, se creen tan originales, tan rompedores de esquemas, irreemplazables, únicos. Suponen que sus precarias y básicas ideas los pone a la altura de grandes filósofos. Otros los escuchan y les envidian profundamente y buscan en sus vacías existencias pensamientos tan básicos como los que acaban de deslumbrarlos.
Oh! Querida precariedad, Oh! QUERIDA MONOTONIA! Y se ofuscan, gritan, se enloquecen al cambiar sus cimientos.
Los autómatas somos todos. Cada vez que abrimos los ojos en la mañana, no importa el rol que estemos interpretando. Aquí no hay distinción entre el actor y el personaje.
Actuar como ellos sabiendo que es todo una ridiculez, es tan peligroso como ser uno de ellos. Imitar a un autómata, es ser uno por conciencia propia.
Gritar no te libera, correr no te lleva a ninguna parte. Escapar no es una opción.

realidad


Él camina siempre mirando las copa de los árboles, tanto así que sufre de dolores en el cuello. Por eso no se dio cuenta que iba directo a chocar con ella, que siempre camina mirando sus zapatos.
El viento viña marino hizo volar planos, maqueta y unos cuantos articulos.
Se rieron avergonzados. Tanto que el miraba sus zapatos y ella los árboles.
Entre las cosas él se quedó con un cuaderno que hablaba de procesos, plazos y tribunales. En la tapa un nombre, una universidad, un teléfono.

Él camina siempre mirando las copas de los árboles, pero ahora baja de vez en cuando la mirada a unos ojos grandotes que le sonríen.
Sus planos llenos de edificios extraños, y otras invenciones se revuelven con códigos herméticos. Aveces ella busca un articulo y se encuentra con dibujos y flores o pedacitos de alguna maqueta destruida por la feroz Felpa.

Él camina siempre mirando las copas de los árboles, ha creado un mundo de maquetas y planos, donde sólo ellos dos caminan por las calles llenas de risa y pedacitos de masking tape.